Be gentle por Ángel de León

Terminé de ver la película «No todos pudimos madurar» en Netflix y ésta me dejó tan destruido que tuve que sacármelo de alguna forma.

Una brevísima cronología «sad» de las historias de mis historias.

Ah, les dejó el link a Masticadores, porque por alguna razón ya se me olvidó cómo hacer pingback…

Haruki Murakami por Ángel de León

Creo que mis otros textos (los que no van de fantasía / disparos) evidencian que el autor que mayor influencia ha ejercido sobre mí, es Murakami. No podría expresar una opinión en particular sobre «qué tan buena» me parece su obra, lo que sí puedo decir es que en el año 2012 leí Tokio Blues y me marcó para siempre. Hacía un par de meses había vivido eventos similares a los de esa novela y me identifiqué a un nivel muy profundo, he leído el primer capítulo tantas veces que casi puedo recitarlo de memoria. Incluso en la novela que yo escribiría sobre esos eventos de mi vida (Polvo de Sakura) era incapaz de plasmar tan bien lo que sentí como Tokio Blues lo hacía.

A lo largo de 9 años, he leído toda la obra Murakami, siendo «Los años de peregrinación del chico sin color» y «Kafka en la orilla» mis favoritos. «Sputnik mi amor» es probablemente el que menos me gusta, y aún así influyó bastante en mi novela Kiss the Rain.

Como novelista ensoñando el debut, siempre he tenido muy claro que mis lectores en cuestión serán también aquellos que gustan de Murakami. A veces la intertextualidad es divertida.

El texto aquí presente fue una suerte de juego en el que quise parodiar el infame bingo Murakami, pero cada párrafo mandaba al diablo mi escaleta porque, al conocer tan de cerca sus tropos, se abría un mundo de posibilidades.  Al final quedé satisfecho.

MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

 

eb623858673795.5a04b71ce6a02 Imagen por Elia Bonetti

 

En el limbo que siguió a mi cumpleaños veintinueve, sólo pensaba en morir.

Aquella noche había cerrado las puertas de mi bar de jazz para siempre. Las cerré tras de mí y, mientras me alejaba, el solo de My Melancholy Baby de Charlie Parker casi me jala de vuelta. Sabía bien que la música no provenía del interior, era un sonido que sólo existía en mi mente.

Encendí un cigarrillo Seven Stars y me eché a andar sin mirar atrás, ni siquiera de reojo. En verdad no tenía a donde ir; claro que tenía una casa, aunque no por mucho más tiempo si ya no podía sustentar la renta, pero no tenía un lugar al cuál llegar. Dejé que la noche me llevara hasta un campo de baseball fuera de una escuela y decidí quedarme a ver el partido para salir de mí mismo…

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Una nueva vida por Ángel de León

Últimamente he andado de humor postapocalíptico y quise escribir algo así ambientado en México. Acompañamos a Pau en su búsqueda por Adriana, quienes se resisten a la soledad de un mundo donde no quedan muchas personas vivas.

Creo que será una lectura divertinteresante, sobre todo si son fans de películas como «Un lugar para el silencio» y trabajos como «Guerra Mundial Z».

MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

img_2742Imagen tomada de Pinterest

 

 

—Camino a la tortillería que estaba cerca de mi casa había una caseta telefónica, de esas a las que tenías que meterle una tarjeta de prepago para poder hablar. ¿Las recuerdas?

—Sí, las recuerdo. Solía recortar esas tarjetas en triángulos para usarlas como plumillas de guitarra.

—Te voy a decir algo, pero ¿prometes no reírte?

Entré a las ruinas de un supermercado con el rifle por delante. Si bien los sombríos no existían de día, era mejor no tomar riesgos innecesarios.

Apreté el botón del radio comunicador.

—Sí, te lo prometo.

Adriana suspiró desde la distancia.

—Siempre que pasaba por ahí, fuera de ida o de regreso, descolgaba el teléfono con la esperanza de escuchar algo del otro lado.

      Le pregunté si tenía idea de lo qué esperaba escuchar. Mientras la escuchaba, seguí llenando mi mochila de provisiones.

—Algún chisme— soltó una risita—…

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La maga de las flores, capítulo 2: Un trébol de plata por Ángel de León

Segundo capítulo de la Maga de las Flores.

Pueden encontrar todas las entradas en el Blog de Masticadores México a través del hashtag #Lamagadelasflores

MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

IMG_0939Imagen tomada de Pinterest

Aun a sabiendas de que no era mi culpa, me disculpé con Dami un tanto apenado. En efecto, faltaban vegetales y tortillas para más de una porción de tacos.

—De haber sabido que vendrías, habría pedido suficiente para los dos. ¿Te parece si mejor ordeno algo a domicilio?

Dami negó con la cabeza.

—No, cómo crees. No tengo tanta hambre.

Mentía, pues el recuerdo de que una mujer tan delgada como ella siempre comiera el doble que yo, no era algo que se olvidara.

—Ordenemos algo y ya. Podría pedir más al súper, pero ahí se tardan horas —deslicé mi celular y abrí la aplicación—. ¿Has tenido oportunidad de comer aquellas quesadillas que tanto te gustaban? Ya las metieron a Run-Run Meals.

Dami puso su mano sobre la mía, justo donde estaba la quemadura del chocolate caliente, la hipersensibilidad hizo que apretrara los dientes.

—Es…

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Una persona de viento

Fragmento de mi novela inédita «A la edad de treinta». Actualmente en cuarto borrador (pre-final).

No era un apartamento muy grande. Apenas sí había espacio para una mini cocina y una mesita comedor para dos personas. La sala de estar y la recámara compartían la misma habitación, por lo que tener visitas era un poco incómodo, aunque nos la habíamos apañado para que el sofá delimitara la sala de estar de nuestro espacio más íntimo, creando así un silencioso acuerdo con cualquier visitante.

Al ponerlo así, en realidad no era un apartamento. Nuestro hogar estaba en el segundo piso de una casa tan grande que los dueños habían dividido en una suerte de vecindad con tal de rentar secciones como si fueran mini apartamentos. Este tipo de espacios, tan costosos como eran, tenían una alta demanda ya que se ubicaban cerca de Polanco u otras zonas para oficinistas como nosotros.

Si bien el nuestro era el más grande de la pequeña vecindad, eso no era decir mucho. Aun así, cabíamos muy bien. Tal vez haber vivido en Corea del Sur había configurado en mí una sorprendente habilidad para la optimización de interiores, algo que siempre he destacado como la máxima coreana.

Cabían todos los videojuegos de Mila que, como había augurado con referencia a su extraña crianza, eran bastantes. Armamos un mueblecillo para exhibir su colección de consolas de Nintendo, tenía todas las que habían llegado a Occidente.

Por mi parte, tenía muchos libros de los cuales muchos eran literatura japonesa y estudios políticos de Corea del Sur. Aunque, a decir verdad, mi colección de novelas de horror (que había ido acumulando desde la infancia), amenazaba con llevar al límite el espacio que Mila estaba dispuesta a ceder.

—¿Cómo es que siendo tan miedoso pueden gustarte tanto estas cosas? Digo, a mí también me encantan, sobre todo el manga de horror japonés, pero en ti… no sé, no me lo habría imaginado.

—Tal vez es justo porque soy miedoso que me gustan estas cosas. Las acepto con mayor facilidad en mi imaginario.

Al ingeniárnosla para dedicar un espacio de uso exclusivo para su pintura (aunque fuera en una esquina del apartamento que no era apartamento), Mila respiraba con un dejo de futuridad. Es posible que fuera, tanto de forma literal como figurativa, porque ya casi no fumaba.

Parecía haberse rendido ante el prospecto de dejar el tabaco por completo, se conformaba con fumar uno o dos cigarrillos al día. Se estancó ahí, como si ese fuera el límite, y aunque siempre se podía aspirar a más, por ahora sería suficiente tregua a sus pulmones.

El hogar que construimos como la materialización de nuestras personas, sentó las bases para motivarnos a mejorar nuestras condiciones de vida que, si bien no eran precarias, tampoco eran las óptimas. No obstante, asumimos que era razonable que muchas parejas empezaran así, por lo que acogimos el espacio con cariño.

(…)

A la mañana siguiente desperté primero. Como Mila era gerente, trabajaba mucho más que yo, y terminaba exhausta. Esto la llevó a desarrollar un sueño muy pesado, por lo que era normal que su alarma funcionara más para mí que para ella, lo cual en consecuencia me convertía a mí en su alarma.

—Ya es hora, amor.

—Cinco minutitos más —decía, y siempre permitía que esos cinco minutitos se convirtieran en veinte.

Preparé café y un par de tostadas para desayunar antes de irnos a la oficina, me preguntaba por qué el ruidero de la vieja cafetera no la despertaba. Me serví una taza y la esperé en la sala a sorber mi café sin premura. En el entretanto saqué mi celular para enterarme de las nuevas del mundo cuando advertí un correo electrónico que se había guardado en mi bandeja de “Correo no deseado” un par de días atrás.

Mi corazón se detuvo por unos instantes. Espinas de hielo perforaron mi piel en una epifanía tan contradictoria que imaginé mi expresión era una afronta a la del mártir de San Sebastián.

Has sido aceptado para la ‘Especialidad en estudios coreanos’ en la Universidad Coreana de Estudios Extranjeros, campus Seúl”.

(…)

Eres una persona de viento, pensé mientras Mila perdía forma en mis brazos.

Era mitad de agosto cuando debía viajar a Corea para mis estudios de especialidad, los meses de repente pasaron a la velocidad de un chasquido.

Su hermoso rostro se rompía como un diente de león a merced del viento. Sus lágrimas empapaban mi rostro como las mías al suyo y éstas se evaporizarían para ir a formar parte de quién sabe qué cielo.

Jamás me había aferrado a algo con tanta vida como a su tacto. Me abracé a ella como si de hacerlo la promesa de nuestro reencuentro llegaría más rápido.

—Espérame, amor, sólo serán cinco meses —dije mientras el alma escapaba mi aliento.

Mila asintió muda, su silencio advertía una duda.

—¿Qué pasa?

—Me odio a mí misma. Sé que fui yo quien te incentivó a aplicar para esa beca y estoy muy feliz de que lo hayas conseguido… pero, maldita sea, no creí que fuera tan doloroso; me duele tanto que me cuesta respirar —gimoteó por unos minutos—. Me dan miedo las relaciones a distancia. ¿Qué va a pasar con nosotros si terminamos?

En el otoño de sus ojos, llovía sobre un bosque amarillo.

—Nosotros no sólo somos una pareja. Somos familia.

Y en medio de ese bosque secándose, un poco de verde.

—¿Familia? —dijo como si fuera la primera vez que pronunciara esa palabra—. Sí, eso es justo lo que somos. Eres la familia que yo elegí.

—Esto sólo es temporal. Ahorraré dinero de mi beca para que puedas venir a visitarme en diciembre, revivamos el invierno de hace un año. Es más, como no estaré en octubre, prometo darte el anillo más genial de todos en Seúl. ¿Te imaginas, amor? Que se te propongan en la primera nevada en Seúl. Ni a la Novia del Dokkaebi le tocaron esas cosas.

—Es mucho dinero, yo lo ahorraré por mi cuenta e iré a visitarte, porque a decir verdad no aguantaré tanto. —Me besó por un largo tiempo—. Mejor guarda ese dinero para que, como dices, me compres el anillo más genial de todo Seúl.

Agité la cabeza en un certero asentimiento y por primera vez en aquella fatídica noche vi un esbozo de sonrisa.

—Quedarás perpleja.

—Sí, pero por ahora quedémonos así más tiempo.

Y justo eso hicimos.

Al acompañarme a tomar el taxi, ya cerca de medianoche, ella no quería cerrar la puerta de la entrada.

—Amor, ya es tarde, debo irme, no puedes esperar aquí afuera, es muy peligroso.

Ella negó con la cabeza, pero terminó por ceder entre llanto. Intercambiamos una dolorosa mirada bajo el umbral. Ella dentro, yo fuera, inmóviles.

Mientras mi alma se desprendía de Mila como hilos de carne en el asador, comprendí aquello que Hikari había tratado de evitar cuando no se despidió de mí. Lo único que quería era volver a la cama con Mila, papacharnos hasta el amanecer.

Pero eso tendría que esperar.

La besé depositando lo que quedaba de mi alma en su boca.

—Te amo.

—Te amo.

Conjurando la mayor fortaleza de mi vida, puse presión en la puerta. El medio rostro de mi amada, perdida entre las lágrimas y la penumbra, se enmarcó en aquel pequeño resquicio, apenas un parpadeo.

Luego cerré la puerta.

Tomato Ramen (トマト麺) por Ángel de León

Un cuentitonécdota sobre aquella vez que comí Ramen de Tomate en Osaka.

En lo personal, creo que este texto es de lo más cercano a mí persona que he escrito, pues soy yo hablando directamente en vez de hacerlo a través de algún personaje.
El estilo es reminiscente a Dasul y La Flor del Cactus. Creo que Dasul es ese duendecito que vive dentro de mi cabeza y a veces escribe por mí.

MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

IMG_5138Imagen tomada de la red

 

 

Queríamos comer ramen tan pronto arribáramos a Japón.

Aterrizamos en Osaka por nuestras vacaciones de pareja y nos hospedamos en un guesthouse que estaba cerca de la estación Dobutsuen-mae. Conocía un poco la zona por las incontables veces que había visitado esta ciudad a lo largo de mi vida, pero no podía asegurar que hubiera un restaurante de ramen cerca que me resultara familiar. Michi, sin embargo, que visitaba Japón por primera vez, aseguraba que cualquier restaurante de ramen que eligiéramos —incluso el primero que nos apareciera al caminar por la calle— sería maravilloso.

No obstante, creí que lo más sensato sería preguntar a la recepcionista en turno si tenía alguna recomendación por aquí cerca.

Ella, una joven mujer alemana, me sonrió con tanto propósito que pensé experimentaba una verdadera epifanía.

—¡Por supuesto! —dejó caer un pesado libro sobre el mostrador y empezó…

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De sueños y recuerdos por Ángel de León

Booktráiler de mi siguiente novela: Marianne Kishimoto.

Llevo bastante tiempo queriendo volver a escribir novela, y creo que se nota bastante en mi escritura que, lejos de parecer cuento, parece una escena aislada.

Estar moviéndome en la publicación de mi novela Kiss the Rain, Dream the sun supone una inversión de tiempo dolorosa. En un mundo ideal un escritor sólo debería dedicarse a escribir.

Pero como no hay más remedio, toca sufrir de momento.

Espero que pronto la visión presentada (aunque sea sólo temática) en este texto se realice en la novela Marianne Kishimoto.

Si la vida no me azota tan duro, espero tener el primer borrador para mediados de verano. Por ahora sólo puedo decir que será una novela larga (100-120mil palabras) y que se centrará en cuestiones étnicas del mestizaje y nacionalismo de carácter homogéneo en la sociedad japonesa presentadas desde la surrealidad.

MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

IMG_1905Imagen tomada de Pinteres

 

 

No imaginaba que un recital de piano podía producir tanta ansiedad a alguien que sólo estaría en el público.

—Es que nada me aterra tanto como un piano —comenzó Hikari mientras deslizaba el dedo por el labio de la taza en una moción circular tan precisa que cabía pensar si otra moción era siquiera posible.

—¿Un piano? ¿Era por ese videojuego donde había un piano que te comía?

—Nunca he jugado videojuegos, Marianne —dijo como si fuera algo que ya debería saber. No me molesté, sabía que Hikari solía expresarse así—. Ojalá los fantasmas que atormentan mi vida hubieran salido de algo tan inofensivo como pixeles. Pero no es el caso.

Lo sabía bien. Siendo mestiza japonesa, la cantidad de miradas que recibía en mi vida cotidiana en el país del sol naciente bastaba para las pesadillas. Pero en el caso de Hikari, cuya…

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Vin

Hace dos años, yo, Tanuki, fui rechazado por mi posgrado para hacer un semestre de investigación en Seúl. Aquello cayó como un balde de agua helada. No podía entender cómo algo cuyo resultado positivo se avisaba como una obviedad, terminó por revelarse como una negativa.

Había pasado toda mi vida adulta preparándome para estudiar en Corea del Sur, y ahora ese sueño se escapaba como arena entre mis manos. En ese instante en que leí la notificación en mi computadora, sentí que un vacío enorme anegaba mi abdomen. Pero sólo por ese instante, pues tan pronto volteé la vista de la pantalla, Petra me abrazó por la espalda y me dio un beso en la frente.

Sus ojos, siempre llenos de otoño, me miraron con una empatía tan sincera que mis mejillas cosquillearon un poco y no tuve más remedio que sonreír mientras le explicaba lo que ella intuyó en mi expresión: que siempre no me iba a ir a Corea, que íbamos a seguir viviendo juntos durante los siguientes seis meses y que, con algo de suerte, así seguiríamos durante toda la vida.

—¿Quieres que pida algo especial para cenar hoy? Déjame consentirte, Tanuki.

—¿Vamos por las pizzas con extra-queso?

Como las pizzas estaban a un par de cuadras de nuestro apartamento que no era apartamento, no tuve que preocuparme mucho por vestirme bien y ella tampoco. Mi viejo hoodie de los Green Bay Packers y unos jeans bastaban. Caminar tomado de su mano, vestido de esta forma tan despreocupada, se configuraba como la conclusión natural de mi vida. Porque si no irme a Corea no me supuso la tragedia que advertía, es porque mi sueño ya no era Seúl.

—¿Sabes? —dije mientras el queso se extendía como chicle al intentar tomar una rebanada de la pizza—. Ahora que he encarado la verdad, tener la certeza de que no estaremos separados por la distancia me produce un alivio tremendo. Creo que una parte de mí deseaba que me rechazaran, tal vez los remanentes de la vida que llevaba antes de conocerte ya no pesan tanto.

—Yo no debería ser tu sueño —dijo Petra con la boca llena de queso—. Tienes que hacer lo que a ti te corresponde.

—No digo que seas mi sueño, es sólo que el tiempo pasa y la gente cambia. La persona que soy ahora prefiere quedarse contigo, mi familia.

—A decir verdad, yo también estoy muy contenta. Me aterra imaginar un mundo en el que te hubieras ido… no creo que hubiera soportado tu ausencia. Es posible que hubiéramos tenido problemas… o hasta haber terminado.

Me sorprendí bastante.

—¿En serio puedes imaginar un escenario así?

—La verdad es que no, sólo me viene una inmensa negrura a la cabeza. Como si las imágenes que componen el pensamiento desaparecieran todas y sólo quedara un pizarrón negro. —Petra tomó otra rebanada de pizza y masticó en silencio con una expresión pensativa. —Aunque si me esfuerzo, puedo ver en esa negrura una serie de imágenes sin sentido.

Intrigado, le pregunté qué tipo de imágenes aparecían.

—Una luna verde flotando sobre un mundo de cabeza donde siempre llueve. También hay una mujer mitad coreana y mitad japonesa envuelta en misterio. Ella tiene el poder de hacerte dudar si tus recuerdos en realidad son tuyos o si han sido implantados por las emociones de alguien más.

—¿Algo así como recuerdos de cosas que nunca pasaron? ¿Qué cosas dices? —Me reí con ella—. ¿Será que estás volviendo a inspirarte para pintar algo nuevo?

Petra negó con la cabeza y me dijo que aquello tenía más pinta de ser novelas que pinturas.

—Incluso hay una alcohólica que aspira a ser la reina de los cactus. También hay un escritor de fantasía cuya tinta está hecha de flores de jacaranda.

Nos seguimos riendo de esas tonterías. No entendía por qué Petra imaginaba que, si yo me hubiera ido a Corea, estas imágenes sin sentido aparecerían en el mundo. Encontrar un significado era irrelevante. Tampoco me interesaba. El sólo hecho de poder compartir este momento de genuina alegría ante una desgarradora noticia me llenaba el estómago de más alegría que la deliciosa pizza con excesivas cantidades de queso.

Íbamos de camino de vuelta al apartamento, cuando, curioso, levanté la vista al cielo en busca de la dichosa luna verde. Sólo estaba nuestra blanquísima luna brillando en un cielo despejado.

(…)

Llegó octubre y le pedí a Petra que se casara conmigo. Había elegido este mes porque coincidíamos en que era nuestro favorito. Aunque debo conceder que a ella le significaba incluso más que a mí, siendo tan entusiasta del Halloween como sólo Petrita podía serlo.

Había mandado a hacer un anillo de compromiso con la esmeralda Kokiri del Ocarina of time, nuestro videojuego favorito. No sabía si en el momento en que le di el anillo conservaba alguna duda respecto a darme el «sí», pero si ese era el caso, el diseño del anillo, tan íntimo y único, despejó cualquier sombra.

Sus ojos de eterno otoño, que hacían un conjunto espectacular con la esmeralda Kokiri, resultaban en un fulgor tan maravilloso que hasta el colorido octubre coreano palidecería en comparación. En ningún lugar del mundo encontraría estos colores. Era verdad que lo mismo podía decirse de los tonos pasteles de la primavera coreana que yo tanto amaba, pero ahora mi vida giraba en torno a estas circunstancias, si acaso una estación atemporal en la que sólo Petra y yo existíamos. Para todo hay un momento, y para cada momento una gama de colores. Además, si llegaba a extrañar el rosa de los beotkkot o la mugunghwa, bastaba con ver el lomito de salmón de nuestro peluche de gatosushi para sentirme pleno.

Incluso en la oscuridad de nuestra habitación podía ver sus ojos refulgir. Casi sentía el viento de otoño acariciándome el rostro desde aquel portal.

—¿Mis ojos tienen algún color? —pregunté.

—Son negros —dijo como si fuera algo obvio y luego me besó la frente.

—No me refería a eso.

—Lo sé, bobo. Sólo te estoy molestando. —Me volvió a besar la frente—. Tus ojos son color blanco. Los miro y puedo imaginar una primera nevada en Seúl, aunque por alguna razón aquello me parece muy triste. ¿No se supone que la primera nevada es un símbolo de amor?

—Tal vez sea otra de tus visiones del mundo de cabeza.

Petra no dijo nada por un momento. Sólo se acurrucó contra mi pecho y, después de un rato, sollozó quedito.

—Me parece algo sumamente triste, Tanuki. Jamás querría que estuvieras triste y solo en una primera nevada.

—Eso jamás pasará. Sólo somos tú y yo. —Recorrí su mano con cariño hasta acariciar la esmeralda Kokiri—. Siempre seremos tú y yo.

(…)

Como el asunto del nuevo virus que venía de China se avistaba como una amenaza real que pondría el mundo en cuarentena, decidimos adelantar la boda y casarnos a principios de marzo con la esperanza de compartir con nuestros amigos y familiares antes de que nos entregásemos al confinamiento.

Era probable que, de haber mejores condiciones, nuestra boda hubiera tenido cientos y cientos de invitados, pues nuestros parientes eran muchísimos y eran del tipo de personas acostumbradas a celebrar a lo grande.

No obstante, apenas pasamos las cien personas. Quizá aquello daba la impresión de que nos despedíamos, en cierta medida, de aquellos que eran más cercanos a nosotros. Poco imaginábamos que pasarían muchos meses antes de que pudiéramos ver a alguien más.

La transición a la vida de casados fue sencilla, y es que ya llevábamos casi un año viviendo juntos. Nos cambiamos a un mejor apartamento que sí era apartamento y adoptamos un par de gatitos. Pero salvo eso, todo siguió igual, si acaso el poder referirnos el uno al otro como esposos era algo bastante extraño que, en presencia de otros, cobraba cierto peso y acarreaba algo de orgullo.

Pero en la interacción cotidiana apenas sí hubo cambios. A veces nos desesperábamos porque estábamos todo el día encerrados en casa. Por fortuna, el nuevo apartamento daba para que cada uno tuviera su espacio y respirara un poco, y con la compañía de los gatitos (o gatechis, como Petra solía llamarles) teníamos suficiente suavidad para soportar la incertidumbre que atravesaba el mundo.

Fue quizá esa incertidumbre, acompañada de las muertes que pasaban día tras día, lo que, de manera inconsciente, nos llevó a adelantar nuestro proyecto de vida unos cuantos años.

Ya habíamos hablado con anterioridad sobre ser padres. Asumíamos que era algo que sucedería cuando llevásemos unos cuatro o cinco años de casados. Pero al cabo de medio año, Petra estaba embarazada. Así lo habíamos decidido.

No considero que yo sea una persona excepcional, o que siquiera exista alguna cualidad mía que valga la pena destacar como extraordinaria. Pero si había algo que me tomaba con toda la seriedad del mundo, era cuidar a mi esposa en todo cuanto necesitara. Era verdad que esto es meramente lo que me corresponde, que no por ser hombre debería de considerarse digno de ovación. Sólo lo menciono porque a mí me hacía feliz y dichoso hacer todo lo que me era posible para que Petra llevara un embarazo más sencillo. Yo no podía ni imaginar la cantidad de cambios que sucedían dentro de su cuerpo, pero al mirar la luz de sus ojos otoñales radiar un aura verde esperanza, me preguntaba si acaso no se acercaba la primavera.

—¿Has pensado en un nombre, Tanuki?

—En mis momentos más íntimos, imaginaba que, si fuera padre, mis hijos se llamarían como un personaje de una novela de fantasía.

—Les van a hacer bullying.

Ella insistió mucho porque se llamase Sofia o Mía. Si bien ambos nombres me parecían maravillosos, atravesábamos esa ola generacional donde todos los bebés se llamaban igual: Iker, Mateo, Santiago, Mía, Camila y Sofía. Apelando a ese argumento y a lo orgullosa que Petra era con el asunto de optimizar la originalidad, terminó por ceder ante mi insistencia en llamarla como la protagonista de Mistborn.

La primera vez que cargué a Vin entre mis brazos, no pude sino llorar al ver lo mucho que se parecía a su madre. Si bien tenían el mismo rostro, sus ojos eran iguales a los míos. En ellos había un profundo blanco que evocaba a la más hermosa de las primeras nevadas de todos los años de la historia.

Afuera hacía primavera, la misma esperanza de vida que envolvía el hemisferio norte se había transmutado en Vin, quien sujetaba mi dedo con su manita. El viento primaveral era ligero, pero yo abrazaba a mi hija como si quisiera empaparla de todo el calor del mundo.

Cargando a la bebé, me senté junto a Petra en la cama de hospital, quien se veía sosegada. Su expresión enmarcaba la determinación de que cualquier dificultad que hubiera arrastrado a lo largo de su vida podía ser superada, y que haría lo mejor posible para que Vin no viviera nada de eso.

—Las dificultades son inherentes a la vida —dije mientras le devolvía un beso en la frente de los miles que ella me dio a lo largo de tres años—. Lo mejor que podemos hacer es que Vin aprenda de aquellas que no puedan evitarse.

—Tanuki —dijo Petra—, algún día quisiera contarle a Vin sobre aquel mundo de cabeza donde hay una luna verde en el cielo.

—¿Por qué le contarías algo tan triste?

Petra negó con la cabeza, luego envolvió a Vin entre sus brazos y pegó la frente con la de recién nacida.

—¿Cómo sabes que es algo triste? —dijo despreocupada, lejana a tal mundo.

Envolví a ambas, agradeciendo ser alto y que ellas dos fueran tan pequeñas.

—No lo sé, por alguna razón aquello me suena a un mundo donde nada de esto existe.

Quizá en ese mundo también existía aquella extraña nevada. Las abracé aún con mayor intensidad, no fuera a ser que algo de ese frío diera con los ojos de Vin a los que se parecían.

Si hubiera conocido la música de Yerin

https://www.youtube.com/watch?v=rhPHvyFkz7s&ab_channel=YerinBaek

Si hubiera conocido la música de Yerin cuando aún vivíamos juntos,

te habría dedicado todas sus canciones,

incluso las poquitas tristes que tiene en su repertorio.


De haber conocido la música de Yerin, habría experimentado sus letras en vivo,

ahora sé que así sonaba estar contigo,

acaso esa era la melodía inaudible de nuestro tiempo compartido.


Una amiga me dijo que el amor en la música de Yerin se le antojaba sincero,

esa verdad me heló el pecho con desasosiego,

había perdido la oportunidad de protagonizar las historias en su canto.


Si tú hubieras conocido la música de Yerin,

quizá habrías podido expresar tus miedos sin tapujos,

es posible que incluso los hubieras enfrentado.


La música de Yerin suena al ronroneó del gatito que adopté en invierno,

siempre viene a acurrucarse en mi pecho,

no dejo de pensar en lo mucho que lo habrías amado, en la dupla que habrían hecho.


Cuando Yerin dice:

“Eres el sueño que siempre deseé,

una oportunidad para ser mejor,

flores en mi camino,

mi amor…”

Tu silueta se dibuja a cuestas del silencio.


A veces lloro con la música de Yerin…

me envuelvo con su voz que acarrea el anhelo perdido,

pero el sonido no tiene forma, el frío lo desvanece.


Porque es verdad que la música de Yerin que invita al gozo,

se ha configurado como la banda sonora de aquel cortometraje,

del riel de recuerdos de cosas que nunca pasaron.


Ahora que nos separa un denso silencio,

temo que la música de Yerin no pueda alcanzarte,

que la soledad me acompañe a anegarme en sus letras.


Aunque, si hubiera conocido la música de Yerin cuando éramos,

ésta arrastraría más nostalgias,

pero sería una nostalgia compartida, la constatación mutua de un suspiro en el tiempo.


Porque nunca he sido bueno con las palabras, deseo que escuches sus canciones,

que de algo sirva revivir el compás en que soñábamos cada noche,

incluso si es para soñar otros sueños, alguien, te amó tanto como la música de Yerin.

Dream the Sun

Por Angel de León

Este es el segundo capítulo (primero del personaje de Samia Amane) correspondiente a mi novela «Kiss the Rain, Dream the Sun».
El primer capítulo corresponde al cuento titulado «Kiss the rain» que aparece en https://masticadoresmexico.wordpress.com/2021/01/04/kiss-the-rain-por-angel-de-leon/

Se puede leer esta entrada sin haber leído Kiss the Rain.

Si Samia Amane pudiera ver los últimos dos meses de su vida frente a sus ojos, la representación sería una foto en sepia donde ella aparecería en el fondo, caminando por las calles de Osaka con la cabeza gacha, su mente, tal vez, perdida en un solo recuerdo: una llamada telefónica a media madrugada.

Una mujer llamó para notificarle que «Edgar ya no estaba en este mundo. Se fue por su propia volición». Debía saber una o dos cosas sobre Samia, pues no reparó en que era japonesa y le habló en español. Aguardó en un frío silencio, deseando que no hubiera elegido un eufemismo para dar la noticia.

No había palabra que evitara el hecho de que Edgar se había suicidado.

¿Cómo y por qué? No tuvo aliento para preguntar, y cuando Samia volvió en sí misma, había pasado horas con el teléfono congelado en la oreja, esperando a que la voz de Edgar apareciera entre los tonos que indican el término de una llamada. Pero estos no cedieron. Cada uno de ellos la empapaba como una helada gota de lluvia. Hasta que salió el sol radiante por el horizonte.

Esta mañana, sin embargo, las nubes cubrían el cielo. La temporada de tifones se cernía ominosa.

Samia cerró el paraguas y lo dejó junto a la puerta del restaurante. Caminó media cuadra y giró en un callejón donde estaba permitido fumar, donde podía alejarse del ruido de las calles de Namba, que nunca se detenían pese a la lluvia.

Contempló el humo del cigarrillo desvanecerse entre la humedad del aire. Igual que el humo, la esencia de Edgar se esparció hacia la nada. De su cuerpo solo quedaban cenizas.

Dio una larga calada. Sus pulmones ardían, casi quemaban. ¿Qué era un poco de fuego después de todo?

Exhaló tan lento que le raspó la garganta, tosió un poco y luego sacudió la cabeza. No estaba segura si Edgar había sido cremado o enterrado, pues la cultura mexicana era sumamente católica, y aunque no todos fueran practicantes, la sociedad estaba construida en torno a la moralidad de esa religión en mayor o menor medida. La cremación no era una práctica tan común como en su país.

Por todo lo que sabía, Edgar estaba en algún ataúd tres o cinco metros bajo tierra, lejos del rocío de la lluvia, su vibrante piel de verano reducida a pellejo seco albergando larvas.

¿Por qué siempre terminaba pensando en estas cosas? Samia hundió el rostro en las manos, tallándose las sienes con fuerza. Luego suspiró como si quisiera sacar esa negrura desde el fondo del abdomen.

El caer de la lluvia era sereno, producía un sonido que lo envolvía todo. Todo menos a ella.

«Mi apellido se lee con los caracteres de lluvia y sonido», le había dicho a Edgar el día en que lo conoció: Amane.

«Ese es el sonido más hermoso del mundo, pero ahora veo que ese sonido también tiene forma. No cabe duda de que la lluvia nunca decepciona».

Era mejor pensar en estas cosas, sí, cuando ella podía creer que el sonido de la lluvia era hermoso, que ella era la forma de algo tan hermoso.

Pero ahora, ¿quién prestaba tanta atención al sonido de las gotas? Solo era un eco que se perdía entre millones.

—¿Amane-san? —la voz de Michika llamó desde el otro lado del callejón, sacándola de sus cavilaciones.

Samia le devolvió media sonrisa, un mero levantamiento de las comisuras.

—¿Por qué tan formal? ¿Ya no soy tu carnala? —esta última palabra la dijo en español.

—Por supuesto que eres mi carnala —respondió Michika cambiando al español también—. Solo quería corroborar que fueras tú. Desde aquí pareces una indigente agazapada entre las sombras.

—Lamento decepcionarte, pero solo soy yo —dijo, extendiendo los brazos al aire.

—¿Vamos? —le indicó Michika con un gesto.

Samia consultó el elegante reloj de pulsera naranja y blanco que Edgar le había regalado hacía tres años.

—Aún faltan diez minutos. Quiero seguir fumando y adentro no se puede. ¿Tienes que ser tan estricta?

Michika suspiró y cerró su paraguas.

—Bien, pero solo si me das un tabaco también. Pinche morra, ya me antojaste.

Samia sonrió. Cuando estaban solas no tenían reparo en usar jerga mexicana. De hecho, si algo las mantenía unidas era el poder comunicarse así en Japón.

—Simón.

Michika se acuclilló junto a Samia en la soledad del callejón. Le extendió el paquete de cigarrillos Seven Stars y luego le dio un poco de fuego. Samia también tomó otro y se quedaron contemplando el humo ante la lluvia.

—Es una batalla bastante desventajosa —dijo Michika.

—¿Desventajosa?

—Sí, las partículas de humo son apenas una minúscula cantidad comparadas con las del agua, y quién sabe de qué otros químicos hayamos contaminado la lluvia. —Michika dio una larga calada del cigarrillo—. Me recuerda a ese episodio de Mecha Star Gaiden en el que los héroes lucharon hasta el final pese a tenerlo todo en contra.

—¿Y ganaron?

Michika sacudió la cabeza y por un momento cambió al japonés:

—Murieron todos los buenos.

—¿Por qué te gusta ver esas cosas? La vida ya es demasiado deprimente. ¿Para qué empeorarlo?

Michika le reprochó su contradicción con una mirada. Luego devolvió su atención al cigarrillo. Un trueno en la distancia avisó que no tendrían muchos clientes hoy.

—Te hace apreciar más la vida. Solo conociendo la tristeza se puede experimentar la alegría. Es como estar en una habitación blanca. No sabes lo que es la luz hasta que ves una sombra.

—¿Incluso si al final no queda nadie para experimentar dicha alegría? Si no hay ojos que puedan ver la luz, ¿qué sentido tiene saber que existe?

—Siempre hay ojos dispuestos a ver la luz, Samia.

Apagaron los cigarrillos casi al mismo tiempo y guardaron los residuos en la cajita para colillas que Samia siempre llevaba consigo. Se pusieron de pie y procedieron a encaminarse de vuelta.

Habían decorado el restaurante según el imaginario de la Revolución Mexicana. Casi podía sentirse el olor a pólvora en al ambiente. Atravesaron el camino esquivando mesas de madera, pilares amarrados con soga y una maceta con un enorme cactus hasta llegar al vestidor.

—¿Sabes? —dijo Samia mientras se quitaba el suéter de manga larga—. La mejor parte de que seas mi socia es que no te incomodan estas cosas. Creo que solo aquí y en mi casa puedo mostrar mis brazos.

—Bueno, si vas a tener tantos tatuajes es porque quieres mostrarlos ¿no? Con esa pinta no faltarán quienes piensen que estás con los yakuza, aunque yo sé que más bien pareces chola. —Michika miró el dorso descubierto de Samia, como si quisiera encontrar un nuevo tatuaje entre tantos. Con el dedo, picó sobre dos máscaras teatrales en su hombro, una de ellas lloraba mientras la otra reía; después fue deslizando el dedo a lo largo del río por el que descendía una carpa hasta desembocar en su antebrazo; luego cambió de zona y apuntó las palabras en fuente gótica acomodadas en arco encima de su ombligo «Love is my weapon»—. Me sigue gustando más el dragón en tu espalda… Aunque no dejo de preguntarme cuántos clientes has espantado ya…

—¡Oye! —increpó mientras se abotonaba la camisa negra de manga corta con el logo del restaurante Siete Leguas: un caballo borracho—. Si lo ves de esta forma, te estoy haciendo un favor. No queremos conservadores entre nuestros clientes.

Michika soltó un bufido y la miró fingiendo seriedad:

—El dinero es dinero, Samia, venga de Abe-san o de Trump.

—Solo digo.

Su amiga la detuvo antes de abotonarse el último botón superior.

—Espera, déjame verlo de nuevo.

Ella asintió en silencio y se desabotonó uno más, mostrándole aquel tatuaje en el lado izquierdo del pecho que se había hecho al mes de la muerte de Edgar. Aquellas palabras con las que selló la carta que le dejó antes de irse a México.

La carnala apretó los labios.

—Sigo sin entenderlo. No creí que tuviera rasgos suicidas… Esa sonrisa al final resultó ser un engaño muy natural.

Samia agachó la mirada. Quizá no era un engaño. Quizá sonreír no era suficiente.

—Tal vez nunca lo comprendamos. Es posible que no haya nada que comprender.

Michika asintió en silencio, silencio que se extendió hasta que un suspiro sincronizado lo rompió. Salió del vestidor y se dirigió a la cocina.

—Date prisa, ya casi es hora de abrir —dijo mientras se alejaba.

—No es como que la lluvia tenga a los clientes haciendo cola afuera.

Samia volteó los bancos que estaban sobre las mesas, una acción tan entrenada y automática que su mente se perdió en el sonido de la lluvia, llevándola de vuelta a él, aunque aquella vez otro fenómeno meteorológico robó el protagonismo.

Cuando conoció a Edgar el cielo estaba congelado. Era una fría tarde de invierno en Kioto, donde la nieve no se detuvo, retrasando el servicio de trenes desde Osaka y abriendo la posibilidad de llegar tarde a la fiesta latina.

No obstante, conociendo a los latinos, incluso aquellos que vivían en Japón, llegar tarde implicaba un margen casi infinito de posibilidades. Mientras la noche no muera, nunca será tarde. De cualquier forma, Samia quería llegar a tiempo, quería empaparse de nuevo de la cultura latina cuanto tiempo le fuera posible. Por fortuna, los retrasos apenas le robaron cinco minutos.

Michika la esperaba en la estación de Kioto. Al igual que ella, vestía un suéter de cuello de tortuga negro mientras que el de Samia era blanco, aunque la carnala llevaba jeans donde Samia llevaba una larga falda blanca. Como si la intención hubiese sido complementarse en la dualidad, Samia tenía el cabello castaño y siempre lo amarraba en un redondo moño que parecía un manju. En cambio, Michika siempre lo llevaba suelto y de un negro natural.

—Tú y la nieve sois indistinguibles.

Sonrió y tomó a Michika del brazo.

—De acuerdo con el navegador deben ser unos quince minutos caminando sobre el río Kamo —dijo Samia.

El camino desde la estación al río comprendía calles más angostas que las de Osaka. Kioto era una ciudad bastante pequeña y reservada en comparación. A Samia no le gustaba mucho esta ciudad, todo le parecía demasiado estricto y pretencioso. Fue gracias a su inmersión en la cultura mexicana que descubrió en su jerga la palabra adecuada para describir a la gente de Kioto: fresas.

No obstante, caminar junto al río le producía paz. La nieve acumulada a la orilla le confería un aire de atemporalidad, como un agradable instante congelado en el tiempo. Las casas tradicionales a cada lado del río eran una imagen contradictoria, pues la búsqueda de la estabilidad económica para poder vivir en paz se le antojaba a una carrera interminable. Si ella pudiera volver a México y vivir a sus anchas en una pequeña casa en Morelia o en Guanajuato, se daría por servida. Pero si algo había aprendido en su vida era que los sueños se llaman así por algo, tanto en español como en japonés.

—En verdad me gustaría tomarme una foto aquí —dijo Michika de repente—. ¿Te importa? —Michika le extendió el móvil a Samia y esta lo tomó.

—Para nada.

Michika se postró junto al río, haciendo una señal de amor y paz mientras una leve diamantina de nieve cubría el ambiente. Samia tomó una foto, luego otra, después indicó una selfi y se puso junto a ella.

Una voz con acento las llamó:

—¿Quieren que les tome una de cuerpo completo?

Samia bajó el celular y dirigió su atención a la voz. Un latino en sus veintes les sonreía de manera apacible. Demasiado amable, de hecho. Llevaba una bufanda a cuadros gris con negro, tan gruesa que le tapaba medio rostro. Su cabello le cubría las orejas y, detrás de esos lentes cuadrados, sus ojos se avistaban avellana.

Michika y Samia intercambiaron una mirada que se transformó en una risita y luego murmullos.

—¿Hablan español? —preguntó.

—Sí —dijo Michika—. ¿De qué país eres?

—Soy mexicano.

—¡Qué coincidencia! Nosotras vivimos un año en México. En Morelia, de hecho.

—¡Vaya, la tierra de la eterna primavera! —dijo claramente sorprendido—. Por cierto, me llamo Edgar del Valle. Mucho gusto. —Hizo una reverencia bastante ensayada, pero no por eso menos conmovedora.

—Mucho gusto. Yo soy Samia y ella es Michika.

—Ah, ya veo. Entonces son novias.

Samia sacudió la cabeza y su amiga se carcajeó, aunque no por eso consiguió ocultar el rojo en sus mejillas.

—No, no, no —dijo Samia haciendo una señal de X con sus brazos—, se llama Michika, no que es mi chica. A mí me gustan los hombres, cabrón.

El rojo de Michika se transfirió a Edgar y este clavó la vista en el horizonte, incapaz de mirarlas a la cara, aunque después de un instante cedió con una carcajada y se disculpó.

—Lo hiciste a propósito ¿verdad? —le preguntó Michika.

—Para nada, es solo que se ven tan bien juntas que, bueno… me lo creí por un momento. Perdón, aún no estoy tan familiarizado con los nombres japoneses.

—Pero si hablas japonés también ¿no?

Sacudió la cabeza.

—No del todo. Además, en los libros todos se apellidan Tanaka o Sato.

—Yo me apellido Sato —dijo Michika.

—Y yo Amane.

Edgar se rascó la barbilla y preguntó:

—¿Cómo se escribe? Ese es nuevo para mí.

—Con los caracteres de lluvia y sonido.

Al pronunciar estas palabras, Samia descubrió que Edgar sonreía con tanta calidez que por un momento olvidó el frío de la nieve.

—Supongo que también vas a la fiesta latina por aquí ¿no? ¿El Cafetín de Uruguay? —preguntó Michika.

Su sonrisa volvió a un matiz más mundano y asintió con un movimiento de cabeza.

—Vamos un poco tarde, andando —dijo Samia.

—Vaya, y yo creí que llegaba demasiado temprano —dijo él—. En México no hay nada tan soso como ser el primero en llegar a la fiesta. Es motivo de burla, de hecho.

Salieron del andador del río hacia la calle. El graznido de los cuervos se mezclaba con el motor de unos cuantos automóviles en la avenida. Mientras tanto, ellos intercambiaban currículos y esas formalidades que acompañan un primer encuentro.

—Nosotras estamos en la Universidad de Osaka cursando Estudios Latinoamericanos —dijo Samia con entusiasmo—. De hecho, estoy haciendo mi tesis sobre el imaginario de la Revolución Mexicana como referente de tu país en Japón.

—Ah, sí, eso se lo debemos a los gringos y su manera de antagonizarnos desde antaño.

Samia asintió en silencio, satisfecha. Escuchar cosas tan obvias para alguien con su formación era muy reconfortante cuando las decía un mexicano. Además, Japón también había atravesado por un proceso de antagonización similar. La propaganda antijaponesa de la segunda guerra mundial había abonado bastante al imaginario orientalista y racista que en Estados Unidos se tiene de Asia. Al final todo volvía al concepto de la hegemonía cultural anglosajona.

—¿Y Edgar-san? —preguntó Michika.

—Yo estudio meteorología.

—Los que estudian el clima ¿no?

—Exactamente.

—¿Entonces cómo terminaste en Japón? —Se detuvieron en una intersección, haciendo caso al semáforo peatonal.

—Las temporadas de tifones en Japón son un fenómeno muy particular. Normalmente se piensa que para estudiar el clima basta con conocer el viento, la temperatura, los mares y el cielo, pero el conocimiento del terreno es tan importante como todo lo anterior. Este es un país con muchas montañas. De hecho, está partido a la mitad por cordilleras. Las formaciones rocosas a sotavento son lo que ha permitido al pueblo japonés sobrevivir a arduos tifones.

Ambas asintieron de manera respetuosa, pero, al cambio de luz, Samia retó su planteamiento, más como una curiosidad genuina que como incredulidad:

—¿Y qué pasa, por ejemplo, con las pequeñas islas como Tsushima?

—Bueno —dijo Edgar mientras cruzaban la calle—, el viento divino sí que es interesante. Las historias que el pueblo ha construido alrededor de la lluvia, tanto en los aspectos más poéticos y melancólicos como hasta sus formas más violentas, nos dicen mucho de la relación de Japón con el clima.

Siguieron sobre la acera. El Cafetín de Uruguay se avistaba a unas cuantas cuadras.

—Dices que estudias el clima, pero pareces mucho más interesado en las historias que la gente cuenta sobre ello —dijo Michika.

—Es posible. —Edgar sonrió—. Sé que tal vez esté diciendo cosas al aire, pero me gusta pensar que la relación más antigua del hombre con la naturaleza nace de la lluvia.

En aquel entonces Samia no entendía a qué se refería con ello, ni siquiera años después ha conseguido entenderlo del todo. Pero si era posible creerle de alguna forma, le gustaba pensar que él se había convertido en el vivo ejemplo de su planteamiento.

(…)

Una vez el Siete Leguas estuvo listo para recibir clientes, Samia se quedó sentada junto a la barra, inspeccionando una pared decorada con imitaciones de impactos de bala que asemejaban el escenario de un tiroteo al estilo de Pancho Villa. Simular un balazo con cincel y martillo resultó ser más difícil de lo que se antojaba en primera instancia.

Los primeros clientes del día, una pareja, entraron al restaurante.

Irashaimase —anunció Samia, y desde la cocina Michika repitió—. ¿Dos personas?

La pareja asintió y se sentaron junto a la pared del balazo que no era balazo.

—Dos tacos, por favor —pidieron, tal vez pensando que un taco era suficiente para una persona.

Samia les informó del tamaño de cada uno. Después de todo, ella y Michika se esforzaron bastante por ofrecer una experiencia culinaria tan fiel a la mexicana como fuera posible.

Fue a la cocina para notificar a Michika que serían dos órdenes de tres tacos. Puso algo de música de Chavela Vargas y llevó el servicio a los comensales. Un diminuto cazón de guacamole con totopos, un poco de salsa de tomate con ají y algo de chicharrón importado de Tailandia. Las similitudes gastronómicas entre Tailandia y México eran impresionantes. Acostumbraban a comprar la mayoría de sus ingredientes de un proveedor de restaurantes tailandeses en Osaka.

Samia se sentó junto a la barra, a esperar a que la orden estuviera lista. Como la carne al pastor sí era importada de México, esta debía tratarse con cierto cuidado. De lo contrario se resecaba. Michika le ponía un poco de aceite extra para que estuviera jugoso, aunque debía mantenerse ligero. Los japoneses no estaban acostumbrados a este tipo de dieta.

Entretanto, la rasposa voz de Chavela Vargas la devolvió al Cafetín de Uruguay. Aquella vez también sonaba El último trago. Bastante irónico, de hecho, considerando que era el primer trago juntos. Samia suponía que, a regañadientes del dueño, tan orgulloso de todo lo uruguayo, no tuvo más remedio que ceder a las peticiones de sus invitados a la fiesta latina, que en su mayoría eran mexicanos.

—Y así es como se escribe Michika. Como puedes ver, no tiene nada que ver con el español.

—Eso ya lo sé —dijo Edgar mientras se reía—, aunque debes reconocer que harían una muy bonita pareja.

Michika miró a Samia con fijeza, inspeccionando su cuerpo de arriba abajo.

—Es muy buena amiga y todo, pero no es mi tipo.

—Pues tú tampoco —dijo Samia y le sacó la lengua.

—En cambio… Samia no es un nombre japonés, ¿o sí? De hecho, en México había una imitadora muy famosa con ese nombre.

Samia bebió de su cerveza Victoria, un pequeño viaje a México a través del alcohol.

—No creo que sea un nombre mexicano, o necesariamente en español. Ni siquiera viene del latín.

—Es una historia muy triste —dijo Michika—. Lo que te va a contar es pura superstición, así que no le creas mucho.

Edgar levantó una ceja, intrigado.

Samia suspiró, lista para contar la misma historia de siempre.

—Mi madre me llamó así en honor a un hada de arena de una película muy vieja llamada Cinco niños y Eso.

—Nunca la he visto.

—Creo que nadie de nuestra edad la ha visto. En verdad es muy vieja y nadie la conoce —dijo Michika encogiéndose de hombros.

—El caso —continuó Samia— es que el hada de arena se llamaba Psammead. Suena muy similar a mi nombre, pero con un sonido de P al principio y uno de D al final —asintió para sí misma—. Era una criatura que asemejaba un pequeño simio con ojos de antena, como los de un caracol. Este vivía en lo profundo de una montaña.

Ella recorrió la manga derecha para revelarle el tatuaje del Psammead que tenía en el antebrazo.

No fue sorpresa que Edgar se rascara la cabeza. Esta era la reacción que siempre recibía al contar esta historia. Sin embargo, la sonrisa que siguió a la confusión fue algo refrescante.

—Creo que, si me esfuerzo un poco o, mejor dicho, si me tomo diez más de estas cervezas podría ver el parentesco.

—Te gusta chingarme, ¿verdad? —dijo Samia sin sombras ni reclamos. Su atrevimiento le parecía encantador—. Mi mamá soñaba mucho con tener hijos, fui su más grande deseo… Ya después nació mi hermano y se perdió un poco de la novedad. Debes entender que mi mamá realmente se esforzó mucho por concebirme. Por alguna razón no podía embarazarse. Mis padres lo intentaron miles de veces antes de que quedara encinta. Siete años de matrimonio, de hecho.

—¿Te imaginas la cantidad de semen que eso implica? —dijo Michika un tanto desvergonzada por el alcohol.

—No, debe ser demasiado —dijo Edgar, a punto de tomar su cerveza. Luego dudó un poco—. Aunque sigo sin ver la relación con el Psammead.

Samia destapó otra Victoria. Era mucho más cara que en México, pero la ocasión lo ameritaba.

—El Psammead en realidad era una criatura alienígena que aterrizó en nuestro planeta desde la prehistoria. Mamá decía que ellos viven en la verde luna de Venus. En muchas religiones fue adorado como un dios, pues tenía el poder de hacer realidad cualquier sueño, con dos restricciones: no podía usar el poder en sí mismo y el efecto solo duraba un día.

—¿Al día siguiente perdían lo que habían pedido?

Samia asintió, a lo cual Edgar preguntó el sentido de algo tan efímero.

—A veces un día vale lo que toda una vida —intervino Michika.

—Salud por eso —dijo Samia invitando un brindis y, tras beber, prosiguió—. Eventualmente, el Psammead cayó en una profunda tristeza, su pesar era tan hondo como un vacío sin fondo.

—¿Por qué?

—Él era el único de su especie en nuestro planeta. Por más que lo intentaba no conseguía volver a su lugar de origen. Lo cual significaba que podía volver realidad todos los sueños excepto el propio. En la verde luna de Venus todos viven en un eterno hedonismo.

El rostro de Edgar se ensombreció. Samia pudo ver un deje de tristeza en sus ojos. Eso sí que era nuevo.

—Tal vez fue esa misma soledad la que lo llevó a vivir en lo profundo de una montaña, para no ser encontrado nunca más, evitando así el recordatorio de su contradictoria maldición. —La música volvió a los deseos del dueño del cafetín y una deprimente milonga sonó por los altavoces.

Tras permitir que la milonga llenara un poco el silencio, Michika habló:

—Y un día, cinco niños lo encontraron al perderse en un bosque a las faldas de una montaña. Por eso la película se llama así.

—Ya veo —dijo Edgar—. Si no te incomoda que lo pregunte ¿por qué tu madre te pondría un nombre así?

Samia apretó los labios y se encogió de hombros.

—Es lo mismo que me he preguntado toda mi vida. Ella se limitaba a decir que yo era su deseo, que durante esos siete años soñaba con sostenerme entre sus brazos, aunque fuera por un día. El problema es que esa es una duración muy corta. La vida tiende a ser un poco más cruel.

Edgar parecía querer seguir preguntando razones, pero no dijo nada.

—Me pregunto si acaso no es justo eso lo que fui para ella —continuó Samia—. Alguien que siempre se mantuviera realista ante la vida. Después de todo… soñar puede conducir a mucho dolor ¿no?

—Ah, ya no más alcohol para ti, Samia. Mira que soltar una historia tan triste el día en que conoces a alguien es extraño —Michika se disculpó con Edgar, pero este parecía estar perdido. En sus ojos se podía avistar la voluntad de una lágrima.

—Amane-san, ¿cuál es tu sueño?

De repente Michika estaba de pie frente a Samia, con una mano en la cintura y otra sosteniendo la charola con las dos órdenes de tacos.

—Deja de soñar despierta. Llevo un minuto diciéndote que los tacos están listos. No querrás que nos den malas reseñas por el servicio ¿verdad?

—Eso es lo último que quisiera, perdón. —Sacudió la cabeza para dispersar las memorias, cogió la charola y la llevó a la pareja con diligencia. Ellos mostraron su asombro ante la colorida combinación del cilantro, la piña y la cebolla. En cuestión de segundos estaban tomando fotos al platillo.

Al volver a la barra se disculpó con Michika por perderse de nuevo en su cabeza. La línea que separaba el pasado del presente se adelgazó sobremanera después del suicidio de Edgar.

—No te preocupes, sé que estás pasando por un momento difícil. Sabes que puedes contar conmigo.

—Lo sé. Gracias, carnala.

Michika le guiñó el ojo y volvió a la cocina.

La lluvia no amainó en todo el día. No más de quince mesas se ocuparon a lo largo de la jornada. Un día sin muchas ganancias, pero tampoco estaba tan mal.

No obstante, en la medida en que la lluvia se intensificaba, Samia podía sentir una extraña comezón en el lado izquierdo de su pecho, en aquellas palabras tintadas en su piel, las mismas palabras que Edgar le escribió en su carta de despedida, tres años atrás:

Kiss the rain,

Dream the sun

Lo que Edgar siempre pasó por alto es que el País del Sol Naciente ofrecía pocas oportunidades para soñar.


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