Prólogo

Soju llueve sobre mí.

Pasadas las doce de la noche, con la llegada de un nuevo año le digo hola a mis diecinueve y, casi como acto reflejo, mi hermana me bautiza con el agua bendita del fermentado arroz de la indecencia.

—Ahora eres una adulta, Daseuri —dice Haseul, mi hermana mayor, sus mejillas estaban tan hinchadas por el alcohol que sus ojos existían en un estado de indeterminación entre la vigilia y el sueño profundo.

Mi corazón se llena de alegría, pues pronto sabré lo que es estar así. Acaso en ese estado existe la verdadera iluminación a la que los menores no tienen acceso.

—¡Es como estar en la cima de una montaña en invierno!

Inspecciono el peso de la botella de soju en mis manos, frunciendo el ceño a la etiqueta: Bae Suzy, la idol promocional en turno, me sonríe como la portera de la indecencia.

—Esta vez no podrá detenerme, señorita Bae.

—Eres como esa solitaria flor que sobrevive a la inclemente nieve, Daseuri, tú puedes sobrevivir a todo.

En este jardín de azotea, con luces navideñas que se resisten a la oscuridad del invierno y la improvisada tiendita para cubrir la pequeña mesa de la nieve, las flores de la buhardilla se aferran a la vida, pero sus colores han enmudecido, sus pétalos se notan cansados. Sólo los pequeños cactus que planté en verano se mantienen verdes y llenos de vida, hasta los copos de nieve que se acumulan en sus espinas resaltan un vibrante color.

—No, no soy una flor, unnie ¡Soy un cactus!

En un inesperado giro de eventos, Haseul abre sus ojos grandes, muy grandes y me dice:

—A decir verdad, sí que se parecen mucho. Son igual de molestos, apenas una los toca y se sienten con el derecho de picarte.

Tras encogerme de hombros, bebo media botella de soju de un solo trago. En los ojos de mi unnie destella una preocupación sin igual.

—También es importante que aprendas las terribles consecuencias de tomar así. Te deshidratarás y mañana tendrás una resaca terrible. Pero es mejor que lo vivas en carne propia a que lo cuentes.

—Soy un cactus ¿recuerdas? No necesito estar hidratada. El exceso de humedad es dañino para las raíces.

—Escucha, una cosa es estar borracha y otra es ser estúpida. Pero son tan similares que es difícil que una no te lleve de forma irremediable a la otra.

Al mirarla con fijeza, comprendo que tal vez mi hermana se había saltado las restricciones de edad y había vivido la vida entera alcoholizada. Una actitud envidiable, en verdad.

—Y también dependiendo del alcohol cambia la resaca ¿no?

—Así es, las resacas rusas y las mexicanas son las peores.

—Me emociona mucho.

—¿Qué cosa?

—Probar todo tipo de alcohol. Sé que el vodka está hecho de papa, el brandy de manzanas y el soju de arroz. De momento siento que un nuevo horizonte de posibilidades se ha abierto ante mí —contemplo la ciudad, viva pese a la noche, las celebraciones apenas comienzan—. Si el mundo es un constante flujo de ríos hacia el mar de la felicidad, entonces el soju es apenas una de tantas aguas en las cuales nadar.

—Entonces prueba esto.

Haseul llena un vaso con cerveza, vertiendo con maestría un caballito de soju como una cascada de lo artesano y procede a mezclarlo con su dedo. Ah, claro, incluso los ríos se juntan en su camino al mar. Inspecciono el líquido contra la luz de la luna. Huele a lo que las flores del cactus deben oler.

—Al final la idea es la misma. Emborracharse, sólo cambian los medios.

—Como tener mil caminos para un mismo destino. 

De repente mi pecho arde, la nieve no es oponente para mi determinación. Mírame, Dios, mientras llenas el mundo bajo el cielo con tu caspa bendita, yo, tu hija, Ahn Dasul he caminado mi vida entera hasta este momento:

—¡Acepto mi llamado! —mi voz resuena en la gris infinidad en la que sólo yo puedo ver estrellas— ¡Aprenderé a distinguir todas las posibilidades de resaca!

—¿Daseuri? —no esperaba que Haseul me reconociera.

Sacudo mi cabeza y la nieve a mi alrededor revolotean de manera ominosa. —De ahora en adelante, seré conocida como aquella promesa oculta en mi nombre ¡Soy Dasul! —carraspeé—. He esperado mucho tiempo para poder usar ese punch line. Al fin podré cambiar el carácter chino en Daseul:  seul de “reinar” por sul de “alcohol”. Da significa “mucho”. Mucho alcohol, Da Sul.

—¿Pero qué escándalo es este? —pocas voces son tan demandantes.

—Soy yo, Dios, acepto mi destino ¿Acaso no me reconoces? Sé que me creaste para ser una reina, pero de esas ya hubo muchas y ahora Corea del Sur es una república democrática. No creo que haya lugar para una monarca en el siglo XXI.

—¿Ya te enloqueciste? —retumba de nuevo aquella voz grave.

—No, papá —dice Haseul—, sólo le di un poco de soju con cerveza.

—¿Un poco? Aquí hay suficiente alcohol para emborrachar a tu abuelo y toda su pandilla.

Al entornarme (¿o fue el mundo el que dio vueltas?), papá está de pie con los brazos cruzados. Mira el cementerio de botellas como si fuera el excelentísimo almirante Yi Sunshin de pie en un risco inspeccionando la bahía de Myeongnyan donde atraparía las malignas naves japonesas durante las invasiones samurái de Toyotomi Hideyoshi

—No tengo hijas —habla con un hilo de voz.

—Lo siento, es mi culpa —Haseul pretendía disculparse con una profunda reverencia, pero la mesa le llega mucho antes de lo esperado y de un sordo golpe su frente sacude los cadáveres de soju.

Pero ya no se levanta.

Papá se talla el entrecejo y llama mi nombre.

Por favor, que no nos haga pararnos de cabeza. No quiero vomitar esta nueva agua de vida. Digo, eventualmente lo haré, pero aún es muy temprano.

—Siéntate —me extiende la silla para unirme a la mesa, luego se cruza de brazos. Haseul parece no tener intención de desprender la cabeza de la mesa.

—Sé que estás enojado —digo, en mi pecho no ha cesado aquella nueva llama—, pero ya tengo diecinueve años. No estoy haciendo nada malo. Esto es mi destino, papá. Yo te respeto y te quiero mucho, pero no puedes hacerme cambiar de opinión —unas traicioneras lágrimas escapan de mis ojos. No, debo ser fuerte—. Si tengo que vivir de forma independiente para evitarte la vergüenza de una hija tan indecente… entonces lo haré.

Papá suelta una carcajada tan terrible que me vuelvo pequeñita. Pero incluso los cactus más pequeños dan flores. —¿Que no estás haciendo nada mal? Ah, en serio… la ingenuidad de la juventud.

La nieve revolotea, salvaje, expectante.

—Están tomando como animales. Veo que he fracasado con Haseul —dijo, señalando a la que alguna vez fue mi hermana, reducida ahora a un fragmento de su ser—. No cometeré el mismo error.

Entonces un rugido sobresalta mi corazón. Un golpe tan amenazante que hasta Haseul resucita de su muerte etílica, aunque no tarda mucho en volver a caer contra la mesa.

—Sírveme —comanda señalando una botella de soju nueva.

Tal vez en mis ojos se avista la confusión pues, sin tener que decir nada, papá añade: —Ninguna hija mía beberá alcohol como animal. Bueno, mi segunda hija, Daseul.

Sacudo la cabeza. —Daseul, no. Ya no soy Daseul.

—Tienes razón. Dasul… si ese es el camino por el que has decidido andar, no puedo negártelo. Siempre has sido una niña obstinada, aunque a mí me gusta llamarlo determinación —papá se seca las lágrimas—. Estoy muy orgulloso de ti. Nunca me has decepcionado, y sé que, si este es tu destino, entonces déjame ser quien guíe tus primeros pasos.

Mis ojos se llenan de la luz de la pirotecnia que recibió el año nuevo. —Gracias por bendecir mi viaje espiritual, papá. Es peligroso ir sola.

Asiente con severidad. —Si eres la menor o la mayor en cuestión, debes ser quien abra la botella de soju. Pero antes de hacerlo, debes agitarla muy bien hasta generar un remolino en su interior.

—¿Eso afecta el sabor?

—No, pero todo mundo lo hace, entonces debe ser importante.

Sí, los tifones siempre han sido importantes en nuestro país, Yi Sunshin sabía muy bien de esas cosas. —¿Así?

Papá afirma con la cabeza, claramente conmovido. —Luego la destapas en un solo movimiento, debe sonar un chasquido tan estridente que todo mundo te voltee a ver pensando “Esta persona es una conocedora.”

El chasquido es suave, supongo el primer rugido de un tigre debe sonar como el de un gatito. —Lo siento, la próxima vez lo haré mejor.

—Lo sé, eres mi hija —pone su chang entre nosotros—. Antes que nada, debes servirles a tus mayores. Ahora deja la botella a mi alcance y espera a que yo te sirva. Nunca te sirvas tú misma, a menos que quieras decirle a la otra persona que, o bien eres jerárquicamente superior, o que no hay barreras entre ustedes… Y si el segundo caso llega a darse, debes presentarme a ese chico antes de que las cosas se pongan graciosas.

No entiendo a qué se refiere con lo del chico, pero asiento de todas formas.

El soju burbujea por unos segundos en mi chang antes de volverse la misma encarnación de la templanza. —Luego debo tomarlo apartando mi rostro hacia el costado en señal de respeto ¿no?

—Sí, pero antes, debemos brindar —si tuviera que describir el sonido del “chang”, diría que así suena la alegría—. El mundo será muy difícil para ti siendo mujer. Cuando empieces la universidad el siguiente año, te invitarán a tomar y, cuando menos lo esperes, esos cretinos querrán servirte un trago tras otro porque pensarán que así podrán, err… bueno, hemos fracasado como cultura.

—Les romperé la botella en la cara antes que eso. Tal vez sea la única forma en que podamos recomponer el torcido camino de los acosadores en nuestra cultura.

—Te meterás en problemas legales —dice Haseul zombi—. La hegemonía cultural anglosajona aún no termina de envolvernos por completo. Las mujeres seguimos siendo cosas en este país, en occidente las mujeres tienen más derechos… o al menos les gusta pretender —dicho esto, vuelve a morir.

Papá suspira. —Desafortunadamente la ley se complica mucho cuando hay sangre de por medio. No queremos sangre en tus manos, pero si no te queda de otra, asegúrate de que haya cámaras —se sirve soju a sí mismo y después me sirve a mí, luego chasquea los dedos en el aire. —Presta atención, si eres la menor debes procurar que tu anfitrión tenga alcohol todo el tiempo.

—Lo siento —me inclino para hacer una leve reverencia y por un momento aquella extraña fuerza de gravedad que despojó a mi hermana de su dignidad casi me lleva a mí también.

—Ahn “Dasul” Daseuri, hija mía. El mundo es tuyo ahora que eres mayor de edad, si has de beberlo, hazlo con moderación. Y nunca dejes que nadie se emborrache después de ti.

Con el paso del alcohol de repente el cielo yace abierto de nuevo, aquel humo de la pirotecnia se desvanece. Los copos de nieves danzan libres en su propia fiesta celestial, aterrizando en mi chang para enfriar mi soju. Seguramente para la nieve esa duración debe ser similar a lo que un día es para las moscas, a lo que cien años es para un humano.

Las estrellas brillan más radiantes; mis sentidos, transformados por la libertad que ahora burbujea en mi estómago, me llevan a volar hacia las alturas. Aquí arriba puedo sentir el calor del universo, escuchar su llamado incluso.

—Procura no deshidratarte.

Entonces vuelvo mi mirada hacia la diminuta Seúl que alguna vez me sirvió de cuna:

—Seré como el cactus, Papá. Siempre verde incluso en la deshidratación.

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